Antes de leer este artículo, asegúrate de estar a solas. Si no es así, ¡vuelve más tarde!

¿Por qué te digo esto? Espera. Yo no sé si tú te vas a identificar con este caso.  Porque lo que estas a punto de leer fue una exclamación desde las profundidades de un corazón. Del corazón de un hombre que vivía en completa armonía con Dios, pero que a la misma vez, vivía en medio de un pueblo que, aunque era pueblo escogido por Dios, era un pueblo que constantemente se apartaba de los caminos de su Hacedor.

Un Gran hombre de Dios, uno de los más grandes profetas del Antiguo Testamento. Sí, estoy hablando del Profeta Jeremías.

En el Libro de Jeremías 20 del verso 7 en adelante, se escucha un grito de angustia, pero a la vez un grito que llevaba el sello de una vida entregada al servicio al que había sido llamado, el cual era llevar el mensaje al pueblo de Israel, a pesar de que la mayoría de veces en que él lo hacía cuando Dios tenía un mensaje para ellos, su vida corría peligro.

El verso 7 comienza con una Exclamación que hace vibrar las cuerdas de mi alma: “Me sedujiste Oh Jehová, y fui seducido;”

Lo único que Jeremías escuchaba de parte del pueblo, cada vez que salían palabras de su boca que provenían del mismo Dios, eran murmuraciones. Cada cual se burlaba de él, era escarnecido. Todos sus amigos le miraban para ver si claudicaría. Todos a su alrededor decían de él, denunciémosle.

Es posible que nosotros nunca hayamos recibido tanto maltrato como lo fue para el Profeta Jeremías. Pero, ¿Acaso no es cierto que el mismo enemigo de tu alma se empeña en muchas ocasiones en hacerte callar, que claudiques, que abandones el llamamiento santo al cual el te ha llamado? No hay duda que muchas veces vas a ser tentado a renunciar a este llamamiento de llevar el Mensaje Santo que proviene del cielo.

Cuando Jeremías, el gran hombre de Dios se encontraba ante semejante circunstancia, nos revela el dilema que había en su corazón. “Y dije: No me acordaré más de él, ni hablaré más en su nombre; no obstante, había en mi corazón como un fuego ardiente metido en mis huesos; trate de sufrirlo, y no pude.” -v.9

Mi hermano, ¿Qué sientes ahora mismo? ¿Crees que nadie te escucha? ¿Te sientes solo? ¿Abatido? ¿Desmoralizado? ¿Sientes que estas a punto de abandonar este camino?

Lo único que puedo asegurarte es que, en este momento en que lees este artículo, Su Espíritu Santo está sacudiendo tu interior, un fuego ardiente penetra hasta tus huesos, mi hermano, no desmayes, Dios está contigo como Poderoso Gigante.

Hoy, su gracia infinita te levanta y te reanima para que continúes adelante, y que Mires la Majestad de Jesucristo. De pronto, va a surgir un grito desde lo más profundo de tu alma al igual que el Profeta Jeremías y vas a exclamar con todas las fuerzas de tu corazón:

“Me sedujiste, oh Jehová, y fui seducido; mas fuerte fuiste que yo, y me venciste.”

¡Que Dios te de la fuerza para continuar hacia adelante, Predicando el Evangelio de Jesucristo!

Eliseo Díaz.

Gracias por tus comentarios.

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